jueves, 30 de diciembre de 2010

La hermosura del Fénix que agoniza






No es que no pueda evitar ser reiterativo. Pero una vez que han pasado demasiadas puestas de sol sin que me lleguen noticias tuyas, pues comienzo a sentir como si algo dejé de hacer.






Pero en mi mente y mi corazón los días nunca fueron monótonos desde que estás tú. Jamás me falta nada que hacer: Cuando te pienso ya no me dueles, sino que es como si te estuviera esperando para una cita a la que de seguro asistirás. No he querido ahondar demasiado en planes de empresas, pues necesito que sientas esto también es tuyo. Hoy nos imagino de muchas formas, haciendo amores “en horas de oficina”, atendiendo un kiosquito, o peleándome con clientes que te insinuaron una propuesta insolentemente. Y conociéndote: nunca dirías que no porque tu corazón ya tiene una imagen para entretenerse. Si no que te pondrías a discutir de los comportamientos masculinos cuando van en busca del sexo como si todos fueran macho dominante. Ya me despierto a las 4 y media o 5, a veces a las 6, y pienso que me despierto porque me estás pensando. Entonces te tengo que escribir algo, si no no puedo concentrarme en las otras cosas, ni tampoco puedo seguir durmiendo. Porque si me acuesto daría mi poco reino por rozarme con esa piel o sentir la tibia respiración de tu habla en mi oído. Es como si nos preguntáramos por qué nos gustó la misma canción de Floyd, o por qué nos llamamos al mismo tiempo. Y aquí me pongo algo técnico:



Contabilizando las ocupaciones que cada uno tuvo por separado, a doscientos kilómetros y luego de comenzar a ordenar en horas seguramente distintas, pues podría decirse que vos y yo terminamos hacer nuestros trabajitos más o menos en el mismo momento. Y entonces se dio la casualidad de que estábamos esperando a quitarnos de encima el peso de los trabajos para poder hablarnos de amor. Y así fue que nos llamamos al mismo tiempo. Pero así estaríamos analizando una coincidencia, como pueden coincidir la detonación de la bomba H con una hojita que se desprende y cae al suelo del Machu Pichu. Así estaríamos analizando la trivialidad de dos señalamientos que nadie señalaría. Estaríamos haciendo pasar por milagroso el hecho de notar que dos personas hagan lo mismo en diferentes partes del Planeta. Analizaríamos fríamente y con lógica, y nos forzaríamos por ver Providencia donde sólo existe observación. Y así estaríamos analizando al movimiento de la materia, más no al amor.



El amor es la razón del amor. Lo curioso del amor es que no sabemos cuándo nos tocará. No es voluntario. El amor emociona a nuestra razón porque involucra el misterio. Y el misterio es una parte de la felicidad: cómo se encuentra y en qué tiempo, cómo será la próxima personalidad que amar… y todas las respuestas que nos preguntamos en tiempos de soledad pues se responden con un supongo. Y si tenemos la fortuna de que nos llegue, el amor pasa a ser una total incertidumbre de lo conceptual… y a cambio viviremos la más extraordinaria certeza sentimental.



Jamás pensé que el destino me reservaba un amor tan extraordinario. Hace mucho, mucho tiempo que ya no pienso en qué me conviene. El amor que siento por ti, por la vida y por la escritura iluminan mi mundo de hoy día, y encandilan las demás luces que en alguna otra vez han iluminado las ergástulas de mi interior.



Después de mi primer te amo viví los días más hermosos luego de no sé cuánto pero muchísimo tiempo. ¡Te sentía tan enamorada! Y en virtud de ese amor compartimos cosas tan enternecedoras. Como cuando colgabas sin despedirte y haciendo un ¡Oh!, falsamente asustadizo, porque sentías a Gloria regresando de su trabajo. Después cuando cantabas, me hacías el amor con cada palabra. Y más te deseaba tras cada vocal que te oía. Nunca dejé de desearte. Y sólo a ti. Pero lo más interesante fue la separación. Y no es porque no haya otro tema para contar, es que me parecieron tantos días y me quejé con tantos te extraño que todo ese tiempo ya forma parte en mi historia como una cosa importante que no se quiere olvidar. Fue como el nacimiento de un hijo, como un primer beso o como cuando nos enseñan a andar en bicicleta. Al principio fue más difícil, claro. Mi pecho era como una ubre en las manos cerradas que se exprime como bombeando aire para ordeñarle la leche. Entonces intenté manejar ese dolor – primero – con la escritura. Al dejarnos me fue imposible amar a otra mujer. Pasaron 4 meses hasta que lo intenté de nuevo. Pero a pocos días tuve que ser honesto y tomar distancia, pues no se puede empezar a construir un hogar diferente con los cimientos en donde se sostuvo nuestra casa anterior. Cada cosa que ella me daba la colocaba debajo de lo que me diste tú. Y con los meses me daba cuenta que a todas les faltó algo para llenarme. Y a cada una le agregué tus cualidades. Les faltaba la hermosura del Fénix que agoniza. Me confesaron cosas que no despertaron en mí el deseo de curar. Y a cambio recordaba las tuyas, que tenían la violencia de un arrecife en la tempestad. Presentí sus sexos tan livianos cual sus verdades. Hasta que descubrí que después de ellas me quedaba pensando en ti. Me hacía feliz reemplazar sus risas por las inefectivas impertinencias que a veces se te escapaban. Me daba cuenta que tus insultos eran mejores que los piropos que nunca me hube ganado. Me di cuenta de que cuando tus palabras eran hirientes, fue nada más que por el dolor que te causaba mi desconfianza. Y que un verso de tus poemas era la Ilíada comparado con los Moby Dick que me dieron a leer.



Y tras cada “Darme cuenta” te fui amando más.


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